LA FIERA DE MI NIÑA (BRINGING UP BABY)

Todo trascurre apaciblemente en el extraño mundo de David Huxley (Cary Grant). A escasos meses de su boda, un único hecho perturba su felicidad: la infructuosa búsqueda de una clavícula intercostal que pondrá fin a la reconstrucción del esqueleto de un brontosaurio, obra a la que ha dedicado los últimos años.

Pero todo sus proyectos se desmoronan como un castillo de naipes cuando entra en escena Susan Vance (Katharine Hepburn), una rica y alocada heredera que pondrá patas arriba su tranquila existencia. Susan se enamorará locamente del tímido palentólogo, e intentará seducirlo de una forma muy peculiar: destrozando su coche, rompiéndole el esmoquin ylas gafas, escondiendo su ropa, o encargándole la búsqueda de su mascota, Baby, un leopardo perdido en Connecticut.

La fiera de mi niña es la muestra más emblemática de la screwball comedyo comedia alocada, que vivió su etapa de mayor apogeo entre los años treinta y cuarenta. Sus protagonistas son personajes excéntricos que se ven envueltos en las situaciones más disparatadas, llenas de malentendidos y equívocos.

Para dar vida a las estrafalarias y adineradas heroínas de este tipo de comedias, causantes de todos los enredos, nadie mejor que Katharine Hepburn, la aristócrata por excelencia de la comedia alocada que demostró como ninguna que hacer reír es un asunto muy serio.

Algo que comparte con Cary Grant, quien buscó inspiración ni más ni menos que en Buster Keaton, el gran cara de piedra, para interpretar al atribulado Huxley. Y es que Howard Hawks conocía a la perfección los entresijos de la comedia, y sabía que la clave para hacer reir al espectador no descansa únicamente en los diálogos ocurrentes, sino en la naturalidad con la que los personajes asumen las situaciones más disparatadas.
Hawks supo combinar todos los ingredientes de las comedia americana para crear un cóctel explosivo. Diálogos absurdos, personajes estrafalarios, situaciones hilariantes, un ritmo vertiginoso, y por supuesto, el indispensable happy end.
Si a todo esto añadimos un leopardo, o dos..., ya tenemos el antidepresivo perfecto.
